LA CULTURA DEL PORNO EN NUESTROS DÍAS Y SUS CONSECUENCIAS EN LA CONSTRUCCIÓN DE NUESTRA SEXUALIDAD

Por: María Fernanda Godínez Cardoso

La maestra en sociología Gail Dines, nos confronta en su obra Pornland sobre lo acustmbradxs que estamos a pensar que es perfectamente normal que a los hombres, prinicpalmente heterosexuales, les guste la pornografía. Esta es una idea que está sostenida de muchos otros mitos como: el hombre es competitivo y agresivo por naturaleza, o el hombre no puede controlar su pulsión sexual; la realidad es que esto es tan aprendido como comer con cubiertos o atarse las agujetas. Ideas como estas surgen de la manera en que a los hombres se les enseña a ser hombres, la cual incluye la normalización de la violencia. 

La pornografía está tupida de violencia sexual y violencia de género, si bien, un padre o madre al tanto del contenido virtual que consume su hijx dirá que este nunca ha visto pornografía, sin embargo los videojuegos, películas y caricturas que se le venden a lxs niñxs están repletos de estos tipos de violencia y lxs adultxs estamos tan desensibilizadxs a ello que ni siquiera lo notamos, al igual que lxs niñxs lo estarán en un futuro con su resultante identidad sexual llena de violencia internalizada tras estar expuestos a este tipo contenido y otras situaciones culturales.

La industria del porno se alimenta de esta desensibilización, vendiendo a los hombres una experiencia intensa y sin conexión emocional que les permite acceder a tanto sexo como lo deseen, presentado de una manera que reafirma su masculinidad, protegiéndolos de ser rechazados, ridiculizados o juzgados por el tamaño de su pene, en un escenario de ”éxito” gracias a que en el porno la mujer nunca le dice que no a las demandas sexuales del hombre y a la “incuestionable” técnica que este aplica en el acto sexual, la cual siempre resulta en un supuesto orgasmo de ambos.

Hay hombres que no se identifican con los hombres que actúan en la pornografía más agresiva y prefieren otros tipos menos agresivos, sin embargo en todas las clases de pornografía la mujer es desumanizada, lo cual es elemental para el éxito de la industria del porno, ya que muchos hombres, aún cuando vivimos en una cultura que devalúa a la mujer, mantienen relaciones intimas y afectivas con muchas mujeres : hijas, madres, esposas, amigas, novias, etc. Para que el hombre pueda disfrutar de la pornografía sin llegar a sentir pena o empatía por la mujer, la industria del porno construye mujeres porno completamente alejadas de las mujeres que los hombres conocen y aman, a través de distintas técnicas como segregarlas verbalmente al llamarlas putas, perras, coños, etc. con adjetivos añadidos como sucia o caliente. La mujer en el porno nunca será nombrada como mujer, es reducida a ser un objeto sexual que disfruta ser sexualmente usado, y que si está siendo lastimado es porque así lo quiere: se le expone “rogando por más” para convencer a los televidentes de que no importa que tan fuerte sea el maltrato a su cuerpo, ella pertenece a un grupo de mujeres que disfruta de violentos actos sexuales que muchas novias, esposas o parejas sexuales definitivamente  se rehusarían a llevar a cabo. 

La imagen que solemos tener de las mujeres que actúan en el porno, es de personas que casualmente llegaron a un set porno y descubrieron el trabajo de su vida, y que elegirían hacerlo aún si no les pagarn por lo mucho que disfrutan el sexo. Pocas veces se cuestiona si llegaron a este trabajo por falta de alternativas o recursos, pues ello representaría una amenaza para el mundo de fantasía que han creado la pornografía y sus consumidores.

Si bien, este tipo de técnicas deshumanizantes no las inventó la industria del porno, han sido aplicadas  a lo largo de la historia por distintos grupos de poder; tómese por ejemplo las maneras en las que los nazis se referían a los judíos, o personas de piel blanca a personas esclavizadas de piel negra.

Todo esto resulta en graves secuelas, como la incapacidad de los hombres para percibir el dolor de la mujer durante el acto sexual: un gemido de dolor les es igual que un gemido de placer, y cómo lograr identificarlo si los gritos exacerbados que se actúan en el porno son expuestos como gritos de disfrute. Otra secuela que deriva de la cultura del porno, es la manera en la que las mujeres se perciben a sí mismas como deseables, un ejemplo de ello es lo común que es la depilación genital como una búsqueda de las mujeres por sentirse “limpias” y atractivas, esta es una supuesta elección para sí mismas que oculta el hecho (y al mismo tiempo lo subraya) de que probablemente durante el acto sexual u otras situaciones, el hombre se queje o exprese que prefiere una vulva depilada (como las que se observan en el porno).

Hoy día las mujeres son menormente consumidoras de la pornografía, sin embargo una mujer no necesita ver pornografía para ser afectada por las imagenes, representaciones y mensajes de la pornografía, pues estos se les hacen llegar a través de la cultura pop. Sean conscientes o no de ello, internalizan la ideología del porno, una ideología encubierta por consejos de la revista Cosmopolitan, Vanidades, entre otras, sobre cómo ser sexy, rebelde e interesante en orden de atraer y (ojalá) mantener a su lado a un hombre.

Jenna Drenten, Luren Gurrieri y Meagan Tyler hacen un análisis de 172 influencers (mayormente mujeres) en instagram para exponer su labor sexualizada, la cual es entendida como un trabajo que está asociado al deseo sexual y al placer sexual, además de la monetización de la atención. Las mujeres que aparecen en este tipo de contenido virtual, el cual, en la mayoría de los casos ellas mismas crean, se encuentran dentro de un espectro de no remuneración hasta alta remuneración por dicho contenido. De entrada esto nos habla de un espacio de trabajo con nulas condiciones de seguridad (salario, prestaciones, políticas organizacionales, etc.) que opera en cinco formas distintas que las investigadoras identificaron:

  1. Hopefuls: personas que aspiran a ser influencers para afiliarse con marcas, con la finalidad de que, a través de una labor sexualizada, logren atraer potenciales socios y seguidores sin recibir una compensación monetaria. Lxs influencers aspirantes desempeñan una labor sexualizada a favor de las marcas sin incentivos financieros. Esta labor digital no remunerada le agrega valor a las economías en maneras que se desconocen y sin embargo son significativas.
  2. Boasters: influencers que se afilian de manera informal con marcas en una etapa de inicio en el desarrollo de la misma, con el fin de capitalizar la atención mediática a través de un trabajo sexualizado. A este tipo de influencers se les otorga una compensación muy pobre o nula para la labor que desempeñan a favor del desarrollo de la marca.
  3. Engagers: influencers asociadxs formalmente a marcas para mantener la atención en redes a través de labor sexualizada con remuneración.
  4. Boosters: influencers que promueven sus propios productos o servicios, es decir, son la imagen de su propia marca. A través de un trabajo sexualizado que resalta su cuerpo, mantienen la atención mediática de su producto.
  5. Performers: influencers que desempeñan una labor sexualizada en orden de construir una audiencia y mantener la devoción de sus seguidores a cambio de una recompensa monetaria. El contenido de este tipo de influencers se caracteriza por resaltar particulares partes sexualizadas de su cuerpo, en muchos de los casos agregan a las descripciones de sus fotos emojis simbólicamente sexuales como gotas de agua, una berenjena, un durazno, ciertas expresiones, etc. Este es el tipo de influencer que más se asemeja al trabajo dentro de la industria del porno.

Sin duda la manera en la que opera la cultura del porno en afiliación con el capitalismo es violenta, particularmente y con mucho mayor fuerza hacia las mujeres, reduciendolas a ser objetos de deseo y satisfacción sexual. Como se observa en el caso de las influencers, estas llevan su contenido como una manera de autoafirmación y libertad de expresión, sin embargo el trasfondo de cómo lo hacen viene de un lugar sexista que la cultura del porno promueve y que todxs hemos interiorizado inconscientemente, es una manera repetitiva de mostrar disponibilidad sexual reforzada por la cultura, más allá de ser una manera en la que las mujeres desean expresarse sexualmente. Esta reflexión es una invitación a cuestionar el contenido que seguimos y publicamos a diario en redes y no solo consumirlo como si fuera un snack para matar el tiempo, es una invitación también a observar nuestras propias actitudes y conductas dentro de nuestras relaciones, a preguntarnos desde qué lugar a veces hacemos comentarios del cuerpo de lxs demás, especialmente del de nuestras parejas y seres cercanos, a preguntar más seguido a la otra persona con la que mantenemos una relación qué es lo que necesita, cómo se siente, a buscar construir un espacio de escucha que nos permita acompañarnos en el proceso de cuestionar y desaprender las enseñanzas sociales opresivas a las que hemos sido alienadxs.

REFERENCIAS

Deans, G. (2010). Pornland: how porn has hijacked our sexuality. Beacon Press. 156pp.

Drenten, J., Gurrieri, L., Tyler, M. (2018). Sexualized Labour in digital culture: Instagram influencers, porn chic and the monetization of attention. Wiley, p.1-25. Recuperado de https://onlinelibrary.wiley.com 

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